Malos, y actores

 

Si uno quiere ser obedecido es importante hacer creer que es una buena persona. Con ese ropaje se puede reclamar fácilmente la obediencia: merezco que me obedezcas porque hago el bien. Por eso es que diputados, senadores y jefes políticos presentan sus decisiones como si fueran decisiones morales. Usan su cargo y dictan acciones, pero las justifican asegurando que son de índole moral: como si esas decisiones promovieran la mejoría personal, o como si ellos se convirtieran en personas buenas por haber tomado esa decisión.

 

 

 

Hay que saber que las fotografías que se toman o que no se dejan tomar, las personas que visitan y las personas que dejan de visitar, los programas que anuncian o que descartan, o cualquier acción les sirve para ascender a posiciones desde las que puedan ejercer mayor poder e influencia: de jefe delegacional a diputado, de gobernador a presidente, de diputado local a diputado federal. Para justificar este modo de vida hacen lucir sus acciones como si de alguna manera ellas los convirtieran en mejores personas. El disfraz de bueno no se usa sólo. Debe acompañarse del disfraz de “mala persona” que afanosamente imponen a sus rivales. Ellos son buenos, dicen, sus rivales y competidores en cambio son malos. Es tan importante pasar como bueno como poder acusar a alguien de malo.

 

La preocupación por los animales y los llamados “derechos animales” son una socorrida y normal manera de vestirse de bueno.

 

Hitler adoraba a los animales. En conversaciones entre íntimos y en ostentosas declaraciones públicas le gustaba repetir que “su perra Blondie era más inteligente que muchos humanos”. En sus diarios privados Joseph Goebbels, ministro de Propaganda nazi, declaraba que Hitler odiaba las religiones judía y cristiana porque dan más valor a los seres humanos que a los animales. Lo que Hitler sentía por los animales era presentado por los nazis como prueba del humanismo y bondad moral de los nazis, frente a los cristianos y no nazis, que eran los “crueles” porque maltrataban a los animales. Los nazis eran los “buenos”, y aquellos eran los “malos”.

 

 

 

 

 

Caricatura en Kladderadatsch, revista alemana de la época, Septiembre 1933.

 

 

La Alemania nazi se puso a la vanguardia en el tema de los llamados “derechos animales” (1). En 1927, diputados nazis presentaron una iniciativa contra la crueldad animal: reclamaban suspender las leyes kosher (la manera ceremonial en la que los judíos sacrifican animales) por ser “crueles”. En 1931, propusieron eliminar la vivisección. 1933 fue un año maravilloso para los “derechos animales”. Apenas Hitler fue nombrado Canciller ese año ordenaron que no se podía sacrificar ningún animal sin antes anestesiarlo. En agosto ordenaron eliminar definitivamente la vivisección en el territorio alemán. Herman Göring, entonces primer ministro de Prusia, anunciaba “el fin de la tortura y sufrimiento de la experimentación en animales”, y declaró que “aquellos que trataran a los animales como una propiedad, “serían enviados a campos de concentración”. En un discurso en radio, transmitido a nivel nacional, exclamaba: “La prohibición de cualquier forma de vivisección no es sólo parte necesaria de la ley para proteger a los animales y la forma de demostrar simpatía por su dolor, sino que también debe ser una ley para la misma humanidad… Por eso, anuncio la inmediata prohibición y castigo a la vivisección en Prusia. Hasta que las  formas de castigo para ese delito sean anunciadas, cualquiera que lo cometa será enviado a los campos de concentración”.

 

Göring también prohibió herrar los caballos y hervir cangrejos y langostas. Un pescador alemán fue  a dar con sus huesos a un campo de concentración por cometer esa falta.

En noviembre de 1933 la Alemania nazi votó la Reichstierschutzgesetz: Acta del Reich para la Protección de los Animales. En ella se prohibía el uso de animales en películas si se les causaba algún tipo de daño. Los dos principales ministros del interior o Ministerialräte, Clemens Giese y Waldemar Kahler fueron los responsables de instrumentar el Acta del Reich para la Protección de los Animales. Kahler comentó del Acta que “los animales debían ser protegidos por sí mismos” y no como parte de algún proceso o trabajo, que los animales son “un objeto de protección que va mucho más allá de la ley hasta ahora existente”.

 

En 1934 el Ministerio de Comercio y Empleo de Prusia decretó que se adoctrinara en derechos animales a los niños de primaria. Claro: si te has vestido de bueno, te das el derecho de educar a los jóvenes. Si consigues hacer creer que actúas para el bien, te das derecho a imponer “valores”, a declarar que educas en “valores” a los más jóvenes.

 

Provocar o no provocarle dolor a un animal no dice nada sobre la calidad moral de una persona. Puedes, como Hitler o Göring, y ordenar matar a millones de personas y alegrarte de eso, y puedes sufrir porque alguien le pega a un perro. Considerar el sufrimiento animal no te convierte en una mejor persona. Un salvavidas, o un policía o un bombero o un político animalista salvaría a un perro o a un gato en lugar de salvar a un niño, y se sentiría bien con él mismo: cree que ambas vidas valen lo misma, así que, si por desgracia no ha podido salvar ambas, la que ha salvado es tan valiosa como la otra.

 

Cuando los políticos juegan a disfrazarse de buenos se convierten en un peligro para la sociedad. Si se llega a creer que son “buenos”, lo que ordenan se convierte en un deber. Y desobedecer lo que mandan se convierte en una maldad: como yo ordeno el bien, y tú no me obedeces, entonces tú eres malo. Y el castigo no se da sólo por haber roto la ley: se castiga por pecar. Como el policía animalista, puede salvar al perro en lugar de salvar al niño, afirmar y asegurar que ha actuado bien, y que por lo tanto no tenemos razón para criticarlo. Y si lo criticamos, lo hacemos porque somos malos.

 

(1) https://en.wikipedia.org/wiki/Animal_welfare_in_Nazi_Germany

 

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